«La gestión emocional nos permite tomar las riendas de nuestra vida»

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«La gestión emocional nos permite tomar las riendas de nuestra vida»

Nadie nos enseña a manejar bien nuestras emociones. Sin embargo, la gestión emocional es la clave para construir la vida que queremos para nosotros mismos porque, tal como nos explica la psicóloga Ester Balsells, las emociones condicionan nuestros pensamientos y los pensamientos, nuestras acciones. En esta entrevista, la especialista ahonda en la dinámica de esta tríada, nos explica cuál es la función de las emociones negativas y nos ofrece pautas útiles para aprender a regularlas y vivir mejor.

¿Qué es la gestión emocional? ¿En qué consiste?

La gestión emocional es la capacidad que tenemos las personas para manejar y regular las emociones de forma adaptativa.

¿Qué quieres decir con ‘de forma adaptativa’?

De manera que las emociones no obstaculicen nuestro proyecto de vida. Una buena gestión emocional nos ayuda a lograr nuestros propósitos en el ámbito personal, social y laboral.

¿De qué depende saber manejar bien nuestras emociones?

Para manejar bien las emociones, primero debemos tomar consciencia de la relación que existe entre la emoción, el pensamiento y el comportamiento, porque los tres están interrelacionados.

Cuando sentimos una emoción, debemos escucharla para averiguar qué función tiene, qué nos quiere decir. Quizá debamos pararnos y replantearnos un aspecto de nuestro vida.

¿De qué manera?

Cuando sentimos una emoción, esta nos lleva a un pensamiento concreto, y este pensamiento nos conduce a un acción. Si la emoción no nos ayuda a tener una buena vida, aprender a regularla es lo que cambiará el pensamiento y la acción asociada. Por esto es tan importante aprender a gestionar o regular las emociones. Es la base de la psicología cognitivo-conductual y la clave para una buena gestión emocional y para tratar muchos trastornos como la depresión, la ansiedad, etc.

¿Y cómo se regula una emoción?

Requiere realizar cuatro pasos.

¿Cuál es el primero?

Muchas veces nos sentimos mal e incluso experimentamos una reacción fisiológica a ese malestar, pero no sabemos concretar exactamente la causa. En estas situaciones, hay que pararse y buscar el significado de ese nerviosismo, de esa taquicardia o de esa tristeza. Es decir, para poder regular una emoción, el primer paso es identificarla, saber qué nos está pasando, de qué estamos hablando.

Una vez que la hemos identificado, ¿cuál es el siguiente paso?

Aceptarla. Una vez que sabemos lo que nos está pasando, debemos permitirnos sentir esa emoción. Es muy habitual que los pacientes lleguen a la consulta arrastrando una emoción desde hace tiempo a la que no habían puesto nombre. Después de hacer el trabajo de identificación, se dan cuenta, por ejemplo, de que no se trataba de tristeza, sino de ansiedad o estrés. Identificar bien la emoción es clave porque, a partir de aquí, podremos entender mejor lo que nos está pasando y trabajar en la causa. Pero antes hay un tercer paso.

La gestión emocional nos ayuda a gestionar la adversidad, a sufrir menos. Sin ella, lo externo toma el control.

Adelante

Cuando sentimos una emoción, debemos escucharla para averiguar qué función tiene, qué nos quiere decir. Quizá debamos pararnos y replantearnos un aspecto de nuestro vida.

No nos escuchamos mucho

A veces cuesta escucharse porque este trabajo de introspección requiere valentía, ya que las respuestas que obtengamos pueden dolernos o implicar realizar cambios y, en general, somos reticentes al cambio porque el cambio requiere afrontar algo. Y esto nos lleva al cuarto paso.

¿Cuál es el cuarto paso?

Actuar. Es decir, una vez hemos escuchado la emoción, debemos preguntarnos qué podemos hacer con ella. Gestionar las emociones no consiste en quedarse en lo mental, hay que pasar a la acción para que una emoción pueda cambiar.

¿Puedes explicarlo un poco más?

Por ejemplo, si nos sentimos tristes, quizá esta emoción nos está diciendo que necesitamos cuidarnos y esto requerirá cambiar algo en nuestro día a día. En otras palabras, una emoción siempre nos transmite un mensaje. Si lo escuchamos, nos llevará a la acción capaz de cambiar la emoción. Y esta acción puede consistir en gestionarla o soltarla.

¿Cuándo es el momento de soltar una emoción?

Cuando se trata de una emoción negativa, una vez hemos entendido que su función era hacernos entender que algo en nuestra vida no iba bien y hemos actuado al respecto, es cuando hay que soltarla. En cambio, cuando se trata de una emoción positiva, podemos trabajarla para que se consolide y se transforme en un sentimiento.

Aunque las emociones negativas nos resultan desagradables, son indispensables para la supervivencia, tienen un objetivo.

¿Esta es la diferencia esencial entre emoción y sentimiento?

Las emociones son una reacción psicofisiológica ante estímulos internos o externos. Esta respuesta puede manifestarse con síntomas físicos, como sudoración, nerviosismo, taquicardia, etc., y también en nuestra expresión corporal y facial. Además, las emociones aparecen de forma espontánea, son más intensas y fugaces; mientras que los sentimientos son más duraderos porque son más conscientes, están elaborados. La gestión emocional nos permite tomar las riendas de nuestra vida ante estos estímulos y decidir qué hacemos con las emociones para que se transformen o no en un sentimiento.

Pongamos un ejemplo

Yo me puedo sentir alegre en un momento determinado porque, por ejemplo, me he encontrado a un buen amigo. Pero si en cuanto nos despedimos, mi estado de ánimo decae, la alegría ha sido una emoción, volátil. En cambio, si soy una persona que suele levantarse por la mañana alegre, con ganas de vivir, es que tengo integrada la alegría como sentimiento, está afianzada dentro de mí.

¿Por qué aprender a manejar las emociones nos ayuda a vivir mejor?

Porque es lo que posibilita el autoconocimiento. Conocernos mejor aumenta nuestra autoestima y nos permite enfrentarnos con más herramientas a las dificultades en todos los ámbitos y tomar las mejores decisiones. La gestión emocional nos ayuda a gestionar la adversidad, a sufrir menos. Sin ella, lo externo toma el control. Además, nos ayuda incluso a prevenir algunas situaciones y a no sobredimensionar otras.

¿En qué otros aspectos nos ayuda?

Nos ayuda a mejorar nuestra relaciones personales y laborales porque aprendemos a comunicarnos de forma más asertiva. Aprender a expresar nuestras opiniones y lo que necesitamos sin agresividad, sin ofender al otro y escuchando y respetando sus propias necesidades, cambia por completo el ambiente de trabajo, la comunicación de pareja, etc.

¿Tienen alguna función importante las emociones negativas?

Sin duda alguna. Aunque las emociones negativas nos resultan desagradables, son indispensables para la supervivencia, tienen un objetivo. Sin ellas, no aprenderíamos a afrontar las dificultades. Son como una llamada de atención de nuestra psique, de la misma forma que un malestar físico es una señal que nos manda el cuerpo de que algo en nuestra salud física no va bien. Además, nos ayudan a valorar lo que sí es positivo en nuestra vida, a ser más conscientes de ello.

Cuando reprimimos las emociones que queremos controlar, lo que hacemos es alimentarlas. Luchar contra estas emociones nunca es la solución, impide que estemos en contacto con nosotros mismos, con nuestra esencia, y nos enferma.

¿Puedes darnos algunas pautas para aprender a manejar mejor las emociones?

Hay muchas, pero hay dos fundamentales: la primera es tener una buena autoconsciencia para afrontar mejor las situaciones del día a día; es decir averiguar por qué estoy sintiendo lo que estoy sintiendo sin juzgarme, analizándolo y actuando en consecuencia. No todo el mundo sabe hacer este ejercicio, pero es una técnica que puede aprenderse en terapia, con ayuda profesional. La segunda es practicar la consciencia plena.

Ahondemos un poco en la consciencia plena

La práctica de la consciencia plena es una herramienta que podemos utilizar todos para ser más conscientes de nuestro pensamiento ligado a nuestra emoción y conseguir un equilibrio saludable. Es decir, se trata de ser plenamente conscientes de nuestros pensamientos para que no se descontrolen, para que no conduzcan nuestra vida. Existen diferentes técnicas para practicar la consciencia plena: hacer yoga dos o tres días a la semana, aprender a relajarse con la relajación muscular de Jacobson, practicar mindfulness o meditación quince minutos al día, etc. Son pequeñas acciones que, poco a poco y de manera progresiva, nos van a ayudar a ser más conscientes de lo que nos pasa a nivel externo e interno.

¿Hay más técnicas que sean eficaces?

Sí, la de reestructuración del pensamiento. Es decir, cuando tenemos pensamientos negativos o desadaptativos, podemos hacer un cambio de perspectiva de ese pensamiento. Por ejemplo, alguien que tenga fobia social, probablemente rechazará ir a una cena por la ansiedad que le produce lo que puedan pensar las otras personas de él o de ella. Si trabajamos ese pensamiento y lo convertimos en uno mas adaptativo, como considerar la posibilidad de que no tiene por qué ocurrir nada desagradable en la cena, la ansiedad se reducirá y la persona se verá capaz de acudir, aunque sea con cierto temor. Esta técnica la enseñamos en terapia porque es muy útil en algunos casos.

¿Qué es lo que no funciona para gestionar las emociones negativas, lo que debemos evitar?

Reprimirlas o pretender controlarlas. Así solo conseguimos que esas emociones se hagan más potentes, que nos generen más malestar. Es decir, cuando reprimimos las emociones que queremos controlar, lo que hacemos es alimentarlas. Luchar contra estas emociones nunca es la solución, impide que estemos en contacto con nosotros mismos, con nuestra esencia, y nos enferma. En cambio, sí es de gran ayuda contar con una red de apoyo emocional: personas de nuestro entorno con las que podamos expresar y compartir nuestras emociones sin temor a ser juzgados, personas que sepamos que nos van a escuchar de forma activa.

¿Cómo se trabaja la gestión emocional en terapia?

Con todos los pacientes trabajamos los pasos que he explicado anteriormente por las razones que he comentado. Después, dependiendo de cada paciente, de su historial y problemática, utilizamos más unas técnicas que otras: técnicas de relajación, de estructuración de pensamiento u otras. Por ejemplo, algunas personas tienen una autoimagen negativa que está muy condicionada por los mensajes que sus padres les transmitían de pequeños. Hay que hacer un trabajo psicoterapéutico para romper esa autopercepción que está consolidada y que la persona llega a creerse. Hay que preguntarse, “¿Yo me identifico con esta imagen?” Y dar paso a pensamientos más positivos sobre uno mismo. En cualquier caso, se trata de poner el sufrimiento encima de la mesa como primer paso para transformar las emociones negativas y aprender a afrontar lo que nos paraliza. De esta forma, iremos logrando los cambios que queremos en nuestra vida. Al final, se trata de estar dispuesto a salir de nuestra zona de confort.

Susana Lladó

Susana Lladó Comunicación

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