Lateralidad cruzada en la vida cuotidiana: cómo detectar los problemas derivados

Jóvenes con dislexia recibiendo apoyo académico y emocional en un ambiente inclusivo

Entender la lateralidad no es solo una cuestión técnica o teórica. En realidad, es comprender cómo el cerebro organiza algo tan básico, y a la vez tan complejo, como moverse, escribir, leer o ubicarse en el espacio.

En el día a día, muchas familias conviven con situaciones que generan dudas y, en ocasiones, preocupación. Frases como «mi hijo invierte letras», «se cansa mucho escribiendo», «lee pero se pierde» o «es torpe en los deportes» aparecen con frecuencia. Y aunque cada caso es distinto, en consulta vemos que, en muchos niños, detrás de estas dificultades hay un elemento común: una organización lateral que no es del todo eficiente.

Ahora bien, es importante empezar con una idea clave que aporta tranquilidad y, al mismo tiempo, rigor: la lateralidad cruzada no es una enfermedad ni una causa única de estos problemas. Hay muchas personas con lateralidad cruzada que funcionan perfectamente. Sin embargo, cuando esta forma de organización se combina con dificultades en la coordinación, en el esquema corporal o en la automatización de los movimientos, puede influir en cómo el niño aprende y se desenvuelve.

Desde la neuropsicología sabemos que el cerebro tiende a funcionar de forma más eficiente cuando existe cierta especialización entre los hemisferios. Cuando esa organización no está del todo clara o no se ha integrado bien, algunas tareas dejan de ser automáticas y requieren más esfuerzo del habitual. Y ese esfuerzo, aunque no siempre se vea desde fuera, es lo que muchas veces explica el cansancio, la lentitud o la frustración.

¿Cuándo es normal y cuándo conviene observar más?

Durante los primeros años de vida, el cerebro está en pleno desarrollo. Es completamente normal que un niño pequeño cambie de mano, invierta números o confunda derecha e izquierda. De hecho, forma parte del proceso natural de maduración.

El punto en el que conviene prestar más atención suele situarse alrededor de los 7 años. A partir de esa edad, el sistema nervioso debería haber consolidado en mayor medida la lateralidad y la organización corporal. Por eso, cuando ciertas dificultades persisten, se repiten con frecuencia o empiezan a generar frustración, es cuando tiene sentido observarlas con más detalle.

Cuando aparecen problemas de escritura: lo que muchas familias observan

Uno de los motivos más habituales de consulta son los problemas de escritura. Niños que entienden lo que tienen que hacer, que incluso responden bien oralmente, pero cuya ejecución escrita no refleja su capacidad.

En estos casos, es frecuente observar pequeños detalles que, aislados, pueden parecer insignificantes, pero que juntos empiezan a tener sentido. Por ejemplo, niños que inclinan la cabeza al escribir, que giran el cuaderno de forma exagerada o que necesitan colocarse de una manera muy concreta para poder trabajar. Esto no suele ser un mal hábito, sino una forma de adaptarse.

En algunos perfiles, aparece lo que llamamos lateralidad cruzada ojo-mano: niños que escriben con una mano, pero utilizan el ojo contrario como dominante. Esto no implica necesariamente un problema, pero sí puede hacer que la coordinación entre lo que ven y lo que hacen sea menos fluida, obligando al cerebro a compensar constantemente.

Esa compensación tiene un coste. Y ese coste se traduce, muchas veces, en fatiga.

También es habitual que aparezcan inversiones de letras o números, algo que preocupa mucho a las familias. Ver una «b» escrita como «d», o un número invertido, genera la sensación de que algo no va bien. En muchos casos, especialmente en etapas iniciales, puede formar parte del desarrollo. Pero cuando se mantiene en el tiempo, puede estar relacionado con una dificultad para organizar el espacio y la dirección de la escritura.

No es que el niño no entienda, sino que su sistema aún no ha automatizado del todo cómo orientar esa información en el papel.

A esto se suma, en ocasiones, una escritura poco organizada, dificultad para respetar márgenes o una sensación general de lentitud. Todo ello no suele deberse a falta de capacidad, sino a un mayor esfuerzo en procesos que deberían ser automáticos.

La coordinación y el cuerpo: cuando el movimiento también cuesta

Más allá de la escritura, muchas familias observan que su hijo «es torpe», que tropieza, que falla al chutar o que tiene dificultades con tareas como abrocharse botones o atarse los cordones.

Estas situaciones no siempre tienen que ver con la lateralidad, pero en algunos casos sí pueden estar relacionadas con una organización corporal menos eficiente. Desde enfoques como la integración sensorial, sabemos que el movimiento no es solo físico, sino que depende de cómo el cerebro organiza la información del cuerpo y del entorno.

Cuando esa organización no es del todo estable, el movimiento requiere más control consciente. Y cuando algo requiere pensar en cada paso, deja de ser fluido. Por eso, algunos niños parecen cansarse antes o evitar ciertas actividades. No es falta de interés, sino una forma de evitar situaciones que les resultan más difíciles de lo que parece desde fuera.

En adultos: cuando el problema no se ve, pero se siente

En la edad adulta, estas dificultades rara vez se identifican como tal. La mayoría de las personas han desarrollado estrategias para compensarlas, pero eso no significa que no existan.

Muchos adultos describen sensaciones como ir más lentos que los demás, necesitar más tiempo para tareas concretas o sentirse especialmente cansados tras actividades que requieren concentración, coordinación o precisión. Por ejemplo, puede aparecer dificultad para orientarse rápidamente, pequeños errores al escribir con velocidad, o la sensación de tener que concentrarse mucho en tareas que otros realizan de forma automática.

Desde la neurociencia del aprendizaje, sabemos que la automatización es clave para la eficiencia. Cuando una tarea no está automatizada, el cerebro necesita más recursos para realizarla. Y eso, mantenido en el tiempo, genera fatiga.

Entender para poder ayudar

Muchos de los comportamientos que preocupan a las familias, como la escritura en espejo, la lentitud o la torpeza, no tienen una única explicación. Pero en la práctica clínica, es frecuente que la organización lateral forme parte del conjunto de factores implicados.

No como causa única, pero sí como elemento que puede influir en cómo el niño procesa la información y responde al entorno.

Cuando dejamos de interpretar estos signos como falta de esfuerzo o despiste, y empezamos a entenderlos como una dificultad de organización, todo cambia. Cambia la forma de acompañar, de enseñar y de intervenir, especialmente cuando se recurre a una terapia de lateralidad para niños adaptada a sus necesidades. Porque el objetivo no es que el niño «se esfuerce más», sino que su sistema funcione mejor.

Luis Elías Llorens

Luis Elías Llorens Director y fundador de Centro Llorens. Licenciado en Psicología y especializado en Lateralidad. Número de Colegiado: 22891. Las especialidades de Luis Elías Llorens, son: Máster en Psicología Aplicada al Deporte / Máster en Psicología General Sanitaria / Formado en Lateralidad por Joëlle Guitart Baudot / Formación Dr. María del Mar Ferré: Lateralidad infantil y sus repercusiones en el aprendizaje / 10 años de experiencia en Lateralidad

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