Ejemplos de lateralidad cruzada: la realidad en el aula y en la vida diaria adulta

En este punto dejamos atrás la teoría para centrarnos en lo que realmente importa: cómo se ve la lateralidad cruzada en la vida real.
Porque entender el concepto está bien, pero lo que verdaderamente ayuda a padres, docentes y adultos es reconocer situaciones concretas: qué le pasa al niño cuando escribe, por qué se cansa antes que los demás o por qué un adulto siente que siempre va «un poco más lento». En muchos casos, identificar estos patrones es el primer paso, y apoyarse en un test de lateralidad puede ayudar a confirmar si realmente existe una organización cruzada o no definida.
Para interpretar correctamente estos casos, es importante partir de dos ideas clave bien respaldadas desde la clínica y la neuropsicología.
La primera es que la lateralidad cruzada no es más que una organización no homogénea del cuerpo. Es decir, que no todas las dominancias (mano, ojo, pie, oído) están en el mismo lado. El caso más típico es el de una persona diestra de mano, pero con ojo dominante izquierdo.
La segunda, y probablemente la más importante, es que esto no siempre supone un problema. Hay personas con lateralidad cruzada que funcionan perfectamente. Sin embargo, cuando esta organización se combina con dificultades en el esquema corporal o en la integración interhemisférica, pueden aparecer bloqueos en la lectura, la escritura o la coordinación.
A partir de aquí, vamos a ver cómo se manifiesta realmente.
Lateralidad cruzada ojo–mano: el desafío viso-motor
Marc tiene 8 años y es un niño inteligente. Sus profesores lo saben, pero sus cuadernos cuentan otra historia.
Cuando se sienta a hacer los deberes, su cuerpo adopta una postura peculiar casi sin darse cuenta. Inclina la cabeza, gira el papel y busca una posición concreta antes de empezar. A los pocos minutos, aparece el cansancio: se frota el cuello, suspira y pierde el ritmo.
En clase ocurre algo parecido. Cuando copia de la pizarra, levanta la vista y, al volver al papel, se pierde. Necesita usar el dedo para no saltarse líneas. No es que no entienda lo que hace, es que le cuesta sostener el proceso.
Este perfil es muy frecuente en consulta: niños diestros de mano con ojo dominante izquierdo.
Desde fuera puede parecer una mala postura o falta de atención, pero en realidad es una adaptación. El niño está intentando alinear su ojo dominante con su mano para poder trabajar con mayor precisión.
Desde modelos de optometría comportamental, como los propuestos por Arthur Getman, la visión no se limita a «ver bien», sino que implica coordinar lo que vemos con lo que hacemos. Cuando ojo y mano no están en el mismo lado, el cerebro necesita realizar una transformación constante de la información espacial.
Esto genera varios efectos. Por un lado, aparece una especie de «GPS desajustado»: el niño ve correctamente, pero debe reinterpretar continuamente la información para ejecutar el movimiento. Por otro, surge un sobrecoste físico y cognitivo. La postura inclinada o el giro del papel no son manías, sino estrategias compensatorias que, mantenidas en el tiempo, generan tensión muscular y fatiga precoz.
Además, desde el punto de vista neurofuncional, la información visual procesada en un hemisferio debe transferirse al otro para ejecutar la acción motora. Este tránsito interhemisférico, que ocurre a través del cuerpo calloso, puede introducir pequeñas demoras. Acumuladas, ayudan a entender por qué el niño se pierde al copiar, omite palabras o presenta menor fluidez.
Lateralidad cruzada mano–pie: cuando el cuerpo no fluye
Lucas tiene 10 años y le gusta el fútbol, pero jugar no es fácil para él.
Escribe bien, entiende las tareas, pero cuando entra al campo parece otro niño. Al chutar con su pie izquierdo, siendo diestro de mano, pierde estabilidad. En los cambios de dirección se siente torpe, como si sus piernas no respondieran a tiempo.
Poco a poco, empieza a evitar jugar. No porque no le guste, sino porque siente que siempre va un paso por detrás.
Este perfil corresponde a una lateralidad cruzada mano-pie, que afecta especialmente a la coordinación global.
Para entenderlo, hay que pensar en cómo funciona el movimiento. El cuerpo necesita un lado que actúe como base estable y otro que ejecute la acción. Cuando esta organización no es coherente, el sistema nervioso tiene más dificultades para automatizar la respuesta.
En lugar de fluir, el cerebro debe coordinar activamente cada movimiento, lo que implica un mayor consumo de recursos.
Además, en situaciones rápidas, como el deporte, puede aparecer un pequeño retraso en la selección del lado dominante en la acción, lo que afecta al equilibrio dinámico.
Desde enfoques neurocognitivos del movimiento, como el desarrollado por Carlo Perfetti, se entiende que el movimiento implica procesos de percepción, atención y memoria. Cuando esta organización no es eficiente, el cerebro dedica más recursos al control corporal, reduciendo la capacidad de respuesta ante el entorno, especialmente bajo presión o fatiga.
Lateralidad no definida: cuando no hay un lado dominante claro
Elena tiene 7 años y muestra un patrón diferente.
Empieza a escribir con una mano, pero al poco tiempo cambia a la otra. Usa una mano para comer y otra para dibujar. Cuando le preguntan cuál es su derecha, duda.
No es falta de aprendizaje. Es que su sistema aún no ha definido un lado dominante.
Este caso corresponde a una lateralidad no definida, donde todavía no se ha consolidado una especialización hemisférica clara.
Esto tiene una consecuencia directa: la falta de automatización. Cada acción requiere una decisión consciente, lo que ralentiza el proceso y aumenta el esfuerzo.
Desde enfoques psicomotrices clásicos, como los de Juan Mesonero, cuando la lateralidad no se define, el sistema nervioso permanece en fases previas de desarrollo funcional, lo que dificulta la consolidación de habilidades.
Por eso, tareas que deberían ser automáticas, como abrocharse o escribir, requieren más tiempo y generan inseguridad.
Además, sin un eje corporal claro, el niño tiene dificultades para orientarse en el espacio. Conceptos como derecha-izquierda o la direccionalidad de la escritura no se automatizan fácilmente.
Por eso, cuando estas dificultades se mantienen en el tiempo, no basta con esperar a que “madure”. En muchos casos, una terapia de lateralidad para niños puede ayudar a organizar el sistema de forma más eficiente y facilitar la automatización de habilidades como la escritura, la lectura o la coordinación.
Lateralidad cruzada en adultos: fatiga cognitiva
Javier tiene 35 años y trabaja frente a un ordenador. Es una persona eficiente, resolutiva y con buen rendimiento, pero hay algo que se repite cada día: llega un momento en el que su cabeza simplemente no puede más.
A medida que avanza la jornada, aparece una sensación de agotamiento difícil de explicar, como si su cerebro se quedara sin energía antes de lo esperado.
Aunque es diestro de mano, su ojo dominante es el izquierdo, y durante horas realiza pequeños ajustes posturales sin ser consciente de ello. Son cambios sutiles, pero mantenidos en el tiempo generan carga física y cognitiva.
Lo relevante es que no es el trabajo en sí lo que le agota, sino el esfuerzo constante de coordinación.
Desde la neurociencia del aprendizaje, sabemos, como describe Eric Kandel, que cuando el cerebro necesita activar más circuitos de lo habitual para una tarea, el coste energético aumenta. En este tipo de perfil, tareas aparentemente simples requieren más recursos, lo que explica esa fatiga progresiva.
El adulto «despistado»: cuando la orientación no es automática
Sandra tiene 42 años y siempre ha pensado que es despistada.
Evita conducir en lugares nuevos porque necesita unos segundos extra para reaccionar a las indicaciones. En actividades coordinadas, como el baile, le cuesta seguir el ritmo.
En su caso, la lateralidad cruzada influye en la orientación espacial. El cuerpo actúa como referencia para situarnos, y cuando esa referencia no es completamente estable, la respuesta puede ralentizarse.
Tal como muestran los estudios sobre lateralización cerebral de Onur Güntürkün, una organización hemisférica eficiente permite distribuir funciones de manera óptima. Cuando esta especialización no es clara, pueden aparecer interferencias en tareas espaciales.
Sandra no es despistada en el sentido clásico; simplemente su sistema necesita más tiempo para organizar la respuesta.
El bloqueo ejecutivo: cuando decidir cuesta más
Roberto tiene 45 años y presenta un perfil distinto.
Nunca ha tenido una dominancia clara, y esto se refleja especialmente en situaciones de presión. Cuando tiene que tomar decisiones rápidas, aparece el bloqueo: duda, se queda en blanco o necesita más tiempo para organizar la acción.
No es falta de capacidad, sino de especialización funcional.
Cuando el cerebro no dispone de un eje dominante claro, el procesamiento no es automático, sino más consciente y secuencial, lo que ralentiza la respuesta.
Tal como se ha observado en estudios sobre lateralidad y rendimiento, como los de Carles Mayolas Pi, perfiles con lateralización menos definida pueden presentar tiempos de reacción más lentos en tareas complejas.
Además, al no existir automatización, el esfuerzo es continuo. Cada decisión requiere más atención, lo que acaba saturando la memoria de trabajo y generando esa sensación de bloqueo.
Roberto no es menos capaz. Simplemente, su sistema necesita invertir más recursos para llegar al mismo resultado.
Luis Elías Llorens Director y fundador de Centro Llorens. Licenciado en Psicología y especializado en Lateralidad. Número de Colegiado: 22891. Las especialidades de Luis Elías Llorens, son: Máster en Psicología Aplicada al Deporte / Máster en Psicología General Sanitaria / Formado en Lateralidad por Joëlle Guitart Baudot / Formación Dr. María del Mar Ferré: Lateralidad infantil y sus repercusiones en el aprendizaje / 10 años de experiencia en Lateralidad